La corbata del incompetente
En muchas organizaciones no se asciende: se aprieta el nudo de la corbata.
El primer día de promoción, la corbata cae suelta. El recién ascendido escucha, pregunta, duda. El cerebro aún está bien regado: hasta ayer hacía el trabajo y sabe cómo funciona.
Pero llega el siguiente ascenso… y el nudo se ajusta.
La corbata deja de ser un complemento y se convierte en símbolo. Se habla más y se escucha menos. Total, ahora “ya se sabe”.
Con el tercer ascenso, el riego cerebral empieza a resentirse. Aparecen las frases estándar:
— “Esto siempre se ha hecho así”
— “No es el momento”
— “Lo vemos en comité”
A menos oxígeno, más certezas.
En la cúspide de la jerarquía, la corbata actúa como un auténtico torniquete. El directivo ya no decide: impone. Confunde respeto con miedo, liderazgo con control y experiencia con antigüedad. Cualquier aportación del equipo amenaza al nudo… y el nudo no se toca.
Paradójicamente, cuanto menos se comprende el trabajo real, mayor es la convicción de estar haciéndolo bien. El cerebro, mal regado, compensa con soberbia. Y así nacen decisiones estratégicas brillantes en PowerPoint e inviables en la realidad.
Desde la óptica de los RRHH, la moraleja es incómoda:
-No siempre promovemos a los más competentes, sino a los más adaptados al sistema.
-El sistema rara vez premia pensar; suele premiar alinearse.
Tal vez por eso las organizaciones funcionan mejor cuando alguien se afloja la corbata, baja al terreno y deja que el cerebro vuelva a recibir oxígeno.
O cuando, directamente, se atreve a trabajar sin ella.
Porque no es que el poder corrompa.
Es que aprieta.
¿Y tú, en tu organización, has visto cómo el ascenso afloja la mente… o cómo la corbata la aprieta?
Mikel Cuartero


